Juan Clímaco Basombrío Pendavis. La vida lo castigó con un sobrenombre criminal: ‘El loco del martillo’. Ocho años después de asesinar a Alexandra Brenes y atentar contra sus mejores amigos, recibe a una joven periodista en su celda del Penal de Lurigancho. Es un demonio, dicen de él. O es un ángel dado de baja que quiere volver a serlo.
Una mariposa. Mi vida depende de una mariposa. Ella, que es libre, paradójicamente está en mi antebrazo para entrar a donde se acaba la libertad. Es algo así como mi boleto de ingreso. Penal de Lurigancho, es de mañana. Los miedos entran y salen de mi cuerpo sin mi permiso y al parecer no se irán. No sé si quiera verme, no sé si quiera hablar, no sé si quiera escucharme.
No sé qué decirle a Clímaco Basombrío.
El camino para llegar a él es corto, pero para mí una eternidad; parada frente a su puerta sólo espero verlo, solo eso, verlo. Mientras lo espero pienso cómo puede cambiar la vida para un joven, para cualquiera. Un día estas en el Santa María y al otro en San Pedro; una noche duermes en Surco la siguiente en Lurigancho; un día eres catequista a la mañana siguiente te conviertes en asesino.
Una vez dentro de ese infierno llamado Penal, parada en el pabellón quince y después de que cinco hombres ya preguntaron por mi nombre, me dicen que ya sale. El acceso principal para el Penal de Lurigancho es polvoriento, lleno de gente que compra y vende chucherías: peines, caramelos, gaseosas, algodón. Todas las mujeres a mí alrededor corren cargando bolsas en la mano buscando ser las primeras o tal vez las últimas en ingresar. Cada una diferente pero a la vez tan igual que la otra; desde una anciana que visita un hijo hasta la que no necesariamente es la esposa, ambas con algo en común: alguien dentro de ese infierno.
Una vez que se cruza la puerta principal el aire falta, así como falta libertad, un camino estrecho que parece un laberinto es el que cruzan todo aquel que desee ingresar a Lurigancho. Las miradas acusadoras de quienes no te conocen se siente. Dentro parece una unidad vecinal: todos se saludan o en todo caso se miran con recelo. A pesar de puedan llevar años, meses o días dentro del Penal todos muestran su mejor sonrisa y buscan dentro del mar de mujeres aquella a la que esperan.
¿Pensará en eso él?
Una mariposa. Mi vida depende de una mariposa. Ella, que es libre, paradójicamente está en mi antebrazo para entrar a donde se acaba la libertad. Es algo así como mi boleto de ingreso. Penal de Lurigancho, es de mañana. Los miedos entran y salen de mi cuerpo sin mi permiso y al parecer no se irán. No sé si quiera verme, no sé si quiera hablar, no sé si quiera escucharme.
No sé qué decirle a Clímaco Basombrío.
El camino para llegar a él es corto, pero para mí una eternidad; parada frente a su puerta sólo espero verlo, solo eso, verlo. Mientras lo espero pienso cómo puede cambiar la vida para un joven, para cualquiera. Un día estas en el Santa María y al otro en San Pedro; una noche duermes en Surco la siguiente en Lurigancho; un día eres catequista a la mañana siguiente te conviertes en asesino.
Una vez dentro de ese infierno llamado Penal, parada en el pabellón quince y después de que cinco hombres ya preguntaron por mi nombre, me dicen que ya sale. El acceso principal para el Penal de Lurigancho es polvoriento, lleno de gente que compra y vende chucherías: peines, caramelos, gaseosas, algodón. Todas las mujeres a mí alrededor corren cargando bolsas en la mano buscando ser las primeras o tal vez las últimas en ingresar. Cada una diferente pero a la vez tan igual que la otra; desde una anciana que visita un hijo hasta la que no necesariamente es la esposa, ambas con algo en común: alguien dentro de ese infierno.
Una vez que se cruza la puerta principal el aire falta, así como falta libertad, un camino estrecho que parece un laberinto es el que cruzan todo aquel que desee ingresar a Lurigancho. Las miradas acusadoras de quienes no te conocen se siente. Dentro parece una unidad vecinal: todos se saludan o en todo caso se miran con recelo. A pesar de puedan llevar años, meses o días dentro del Penal todos muestran su mejor sonrisa y buscan dentro del mar de mujeres aquella a la que esperan.
¿Pensará en eso él?

El hombrecillo que me guió hasta él dice que no lo vienen a visitar seguido, que recibe visitas solo una vez al mes. Y por fin sale. Y mis nervios son cada vez más fuertes. Tiemblo, soy casi de gelatina. Y allí está, frente a mí. Juan Clímaco Basombrío Pendavis, el asesino del martillo.
7 de julio de 2001. Noche oscura. Clímaco decide –o algo dentro de él lo hace– cometer un homicidio monstruoso. Tenía 19 años cuando asesinó a la adolescente Alexandra Brenes (16) y dejó heridos de gravedad a Ida Merino, Sebastián Brenes (hermano de Alexandra) y Carlos Lescano (amigo de las víctimas y del victimario). En total fueron 44 martillazos. Ahora, ocho años después, su mirada perdida parece querer olvidar por qué lo hizo. El abogado de la familia Brenes, Luis Lamas Puccio, exigió 35 años de prisión. El de Merino, la única sobreviviente –que con serias lesiones en el cerebro–, 400 mil soles de reparación civil. Su vida cambió y lo alejaron del mundo, de su mundo. Y ahora me mira como esperando una respuesta de quién lo busca y por qué.
–Ese día me drogaron, me pusieron algo en una bebida –declaró a todos los medios en ese julio.
Ha cambiado mucho. Está bastante subido de peso, su cabello es largo y sus rulos se hacen notar. Me recibe con un buzo gris y un polo azul de esos que seguro usaba para ir al gimnasio. Técnicamente no es el de las fotos del 2001. Lo que seguro conserva es su mirada, esos ojos redondos como dos lunas. Los peritos de medicina legal determinaron que Clímaco Basombrío tiene una personalidad psicópata y una conducta emocional con tendencia a la manipulación y la mentira. Lo declararon loco. El padre Jorge Roos, amigo de su familia y ex profesor de Clímaco, me había dicho que en su mirada descubriría a un joven triste. Solitario. “Es un chico que ha perdido los mejores años de su vida en un Penal, quizás por una broma de sus amigos”, dice Ross.
Y no se equivoca.
–Me llamo Karla y estoy escribiendo sobre ti… sólo quiero hablar contigo 30 minutos.
–¿Tanto? No sé.
–Vamos, en 30 minutos ni siquiera te puedes dormir.
–Pero… ¿Por qué quieres escribir de mí? Soy muy aburrido.
–Para mí no lo eres.
–Bueno, pasa.
Entramos a su cuarto, que es pequeño, de 2 x 5m. Él espera que comience la conversación. Una cumbia pegajosa retumba en nuestros oídos. Sentado en su cama, me mira como si cada una de mis palabras lo asustara. No parece ser el chico manipulador ni frío que describe los periódicos. Al contrario: a pesar de mostrarse fuerte o como si nada le afectara, el asesino parece temerle a la aprendiz de periodista.
–¿Quieres una gaseosa? –dice Clímaco como si estuviéramos en Larco Mar.
–Sí, está bien.
Ingenuamente pensé que sería la que traje conmigo, pero al parecer él ya tenía una botella abierta. ¿Es fácil brindar con un asesino en su celda? La voz del padre Roos suena en mi cabeza. “Era un chico muy religioso, muy bueno”. En ese momento mi cuerpo se paralizó, el aliento se me fue; ahora creía tener al frente al Clímaco asesino del que todos hablaban, un chico con voz dulce pero con intenciones malas. O peor que eso. Tenía quizá los mismos sentimientos, los mismos miedos que Alexandra Brenes debió sentir al ver que él se acercaba a ella con mirada desorbitada y un martillo en la mano. Tomé un sorbo y comencé la conversación, no debía dilatarla. Si sentía algo raro, me pararía y me iría.
En Caretas había leído que lo protegen los ‘taitas’ del pabellón quince. No podía enfurecerlo.
De su familia casi no habla. Solo dice que no le gusta que ni sus hermanas ni su mamá vayan a verlo seguido porque el penal no es un lugar adecuado. “Esto es el infierno”, pienso. Dice que su infancia fue tranquila, que era feliz. Era. Lo más seguro es que nadie en un lugar como este lo sería, no tienes amigos aquí, no puedes tenerlos, nunca sabes si te traicionarán. En lo mejor de la charla me confiesa que con sus amigos “de afuera” solo se comunica por celular. No es difícil conseguir uno en la cárcel.
Sigo escuchando al padre Roos. “El Gordo Basombrío era alegre, bonachón, con muy buen humor, de esas personas con las que provoca estar”. Habla de su padre, el modelo de Juan Clímaco. Una sonrisa aparece en su rostro, esa que el padre Roos dice que la heredo de su papá. Sonríe por fuera pero llora por dentro. Con su padre la relación siempre fue buena. Dice que hacían todo juntos, pero que un maldito cáncer de páncreas se lo llevó cuando tenía once años. No se suicidó como los diarios decían.
En un armario junto a su cama hay lápices de colores, óleos, y cartulinas. Las usa para cumplir con su objetivo: acogerse a la ley del dos por uno, es decir, cumplir la mitad de los veinte años a los que el Poder Judicial lo condenó, por buena conducta y trabajos comunitarios. Para eso solo faltan dos años. Ya una vez le negaron la libertad. Él dice que por “conmoción social”.
–¿Qué entiendes por conmoción social?, me pregunta.
El mismo, aún hablando como niño bien, se responde diciendo que es porque los medios estarían muy pendientes de él. Sería el hombre de moda. Dice que cuando se cumplan esos dos años que faltan para que salga del Penal no se irá del país pues tiene algunos asuntos que arreglar aquí.
Acaso pedir perdón.
He pensado llevarle este texto. Cuenta que ya no lee tanto como lo hacía cuando estaba afuera, que en ese entonces podía leerse de tres a cuatro libros al mes. He leído que le gustó “La insoportable levedad del ser” de Milan Kundera. “Einmal ist keinmal”, le dijo a un periodista, a propósito del libro. Quiere decir “no pasó nada”.
Quizá en eso esté pensando ahora.
De esa noche sólo recuerda imágenes, como verse lleno de sangre, o ver a Alexandra tirada en su cuarto en medio de una laguna roja después de los 44 martillazos. Se ve peleando con los que hasta ese momento eran sus amigos. Piensa que solo sucedió en sus recuerdos y que nunca ocurrió en realidad. Que cuando salga de Lurigancho será un capitulo cerrado en el libro de su vida. Y no querrá volverlo a abrir.
Antes de irme, los roles cambian. Clímaco es ahora el entrevistador. Pregunta qué tipo de lectura me gusta, le digo que lo que en la universidad me dejan libros con historias en las que me identifico, pero que generalmente leo blogs en Internet. Su mirada cambia como preguntando ¿qué es un blog? Por dentro me pregunto cómo puede haber personas que no sepan que es un blog. Olvido que él está en un lugar donde el tiempo pasa más lento mientras afuera todo se mueve con más rapidez; él es consciente de eso y sabe que el resto del mundo no será el mismo cuando salga.
Ya es hora de salir del infierno. Del Penal de Lurigancho.
No estoy segura de si está enfermo o si actuó bajo los efectos de alguna droga; solo sé que su estancia en este lugar lo ha marcado, que cree en Dios tanto o más que hace ocho años y que no será la última vez que nos veamos. Él lo dijo: “No pasó nada”. Solo espero que la próxima no sea dentro de esas cuatro paredes.
7 de julio de 2001. Noche oscura. Clímaco decide –o algo dentro de él lo hace– cometer un homicidio monstruoso. Tenía 19 años cuando asesinó a la adolescente Alexandra Brenes (16) y dejó heridos de gravedad a Ida Merino, Sebastián Brenes (hermano de Alexandra) y Carlos Lescano (amigo de las víctimas y del victimario). En total fueron 44 martillazos. Ahora, ocho años después, su mirada perdida parece querer olvidar por qué lo hizo. El abogado de la familia Brenes, Luis Lamas Puccio, exigió 35 años de prisión. El de Merino, la única sobreviviente –que con serias lesiones en el cerebro–, 400 mil soles de reparación civil. Su vida cambió y lo alejaron del mundo, de su mundo. Y ahora me mira como esperando una respuesta de quién lo busca y por qué.
–Ese día me drogaron, me pusieron algo en una bebida –declaró a todos los medios en ese julio.
Ha cambiado mucho. Está bastante subido de peso, su cabello es largo y sus rulos se hacen notar. Me recibe con un buzo gris y un polo azul de esos que seguro usaba para ir al gimnasio. Técnicamente no es el de las fotos del 2001. Lo que seguro conserva es su mirada, esos ojos redondos como dos lunas. Los peritos de medicina legal determinaron que Clímaco Basombrío tiene una personalidad psicópata y una conducta emocional con tendencia a la manipulación y la mentira. Lo declararon loco. El padre Jorge Roos, amigo de su familia y ex profesor de Clímaco, me había dicho que en su mirada descubriría a un joven triste. Solitario. “Es un chico que ha perdido los mejores años de su vida en un Penal, quizás por una broma de sus amigos”, dice Ross.
Y no se equivoca.
–Me llamo Karla y estoy escribiendo sobre ti… sólo quiero hablar contigo 30 minutos.
–¿Tanto? No sé.
–Vamos, en 30 minutos ni siquiera te puedes dormir.
–Pero… ¿Por qué quieres escribir de mí? Soy muy aburrido.
–Para mí no lo eres.
–Bueno, pasa.
Entramos a su cuarto, que es pequeño, de 2 x 5m. Él espera que comience la conversación. Una cumbia pegajosa retumba en nuestros oídos. Sentado en su cama, me mira como si cada una de mis palabras lo asustara. No parece ser el chico manipulador ni frío que describe los periódicos. Al contrario: a pesar de mostrarse fuerte o como si nada le afectara, el asesino parece temerle a la aprendiz de periodista.
–¿Quieres una gaseosa? –dice Clímaco como si estuviéramos en Larco Mar.
–Sí, está bien.
Ingenuamente pensé que sería la que traje conmigo, pero al parecer él ya tenía una botella abierta. ¿Es fácil brindar con un asesino en su celda? La voz del padre Roos suena en mi cabeza. “Era un chico muy religioso, muy bueno”. En ese momento mi cuerpo se paralizó, el aliento se me fue; ahora creía tener al frente al Clímaco asesino del que todos hablaban, un chico con voz dulce pero con intenciones malas. O peor que eso. Tenía quizá los mismos sentimientos, los mismos miedos que Alexandra Brenes debió sentir al ver que él se acercaba a ella con mirada desorbitada y un martillo en la mano. Tomé un sorbo y comencé la conversación, no debía dilatarla. Si sentía algo raro, me pararía y me iría.
En Caretas había leído que lo protegen los ‘taitas’ del pabellón quince. No podía enfurecerlo.
De su familia casi no habla. Solo dice que no le gusta que ni sus hermanas ni su mamá vayan a verlo seguido porque el penal no es un lugar adecuado. “Esto es el infierno”, pienso. Dice que su infancia fue tranquila, que era feliz. Era. Lo más seguro es que nadie en un lugar como este lo sería, no tienes amigos aquí, no puedes tenerlos, nunca sabes si te traicionarán. En lo mejor de la charla me confiesa que con sus amigos “de afuera” solo se comunica por celular. No es difícil conseguir uno en la cárcel.
Sigo escuchando al padre Roos. “El Gordo Basombrío era alegre, bonachón, con muy buen humor, de esas personas con las que provoca estar”. Habla de su padre, el modelo de Juan Clímaco. Una sonrisa aparece en su rostro, esa que el padre Roos dice que la heredo de su papá. Sonríe por fuera pero llora por dentro. Con su padre la relación siempre fue buena. Dice que hacían todo juntos, pero que un maldito cáncer de páncreas se lo llevó cuando tenía once años. No se suicidó como los diarios decían.
En un armario junto a su cama hay lápices de colores, óleos, y cartulinas. Las usa para cumplir con su objetivo: acogerse a la ley del dos por uno, es decir, cumplir la mitad de los veinte años a los que el Poder Judicial lo condenó, por buena conducta y trabajos comunitarios. Para eso solo faltan dos años. Ya una vez le negaron la libertad. Él dice que por “conmoción social”.
–¿Qué entiendes por conmoción social?, me pregunta.
El mismo, aún hablando como niño bien, se responde diciendo que es porque los medios estarían muy pendientes de él. Sería el hombre de moda. Dice que cuando se cumplan esos dos años que faltan para que salga del Penal no se irá del país pues tiene algunos asuntos que arreglar aquí.
Acaso pedir perdón.
He pensado llevarle este texto. Cuenta que ya no lee tanto como lo hacía cuando estaba afuera, que en ese entonces podía leerse de tres a cuatro libros al mes. He leído que le gustó “La insoportable levedad del ser” de Milan Kundera. “Einmal ist keinmal”, le dijo a un periodista, a propósito del libro. Quiere decir “no pasó nada”.
Quizá en eso esté pensando ahora.
De esa noche sólo recuerda imágenes, como verse lleno de sangre, o ver a Alexandra tirada en su cuarto en medio de una laguna roja después de los 44 martillazos. Se ve peleando con los que hasta ese momento eran sus amigos. Piensa que solo sucedió en sus recuerdos y que nunca ocurrió en realidad. Que cuando salga de Lurigancho será un capitulo cerrado en el libro de su vida. Y no querrá volverlo a abrir.
Antes de irme, los roles cambian. Clímaco es ahora el entrevistador. Pregunta qué tipo de lectura me gusta, le digo que lo que en la universidad me dejan libros con historias en las que me identifico, pero que generalmente leo blogs en Internet. Su mirada cambia como preguntando ¿qué es un blog? Por dentro me pregunto cómo puede haber personas que no sepan que es un blog. Olvido que él está en un lugar donde el tiempo pasa más lento mientras afuera todo se mueve con más rapidez; él es consciente de eso y sabe que el resto del mundo no será el mismo cuando salga.
Ya es hora de salir del infierno. Del Penal de Lurigancho.
No estoy segura de si está enfermo o si actuó bajo los efectos de alguna droga; solo sé que su estancia en este lugar lo ha marcado, que cree en Dios tanto o más que hace ocho años y que no será la última vez que nos veamos. Él lo dijo: “No pasó nada”. Solo espero que la próxima no sea dentro de esas cuatro paredes.